Un paradójico y temeroso Borges recomendaba no dar direcciones para
eludir -decía- la angustia de tener que esperar cartas. Escribir cartas es
apostar a una respuesta. Muchos hemos visto la película El cartero (Il
postino). Nada peor que no tener quien te escriba, es decir, que te enseñe. El
que enseña es, además de escritor de cartas, un cartero que distribuye cartas.
Un distribuidor, un repartidor. Lanza al mundo señas y señales que escribe prolijamente
en papeles, en las almas y en los cuerpos. ¿La tinta? No siempre es indeleble. Escribir
es marcar un trazo. Del encuentro entre la carta (la enseñanza) y el
destinatario queda una cicatriz. Quizá sea cierto que los destinatarios no son
buzones contemplativos pero la crítica a lo que Freire -escritor de cartas-
llamó pedagogía bancaria debe ser revisada. Ustedes la recuerdan seguramente:
el alumno no es una jarra vacía o una cuenta bancaria en la que se depositan
los conocimientos. Tal vez lo que esté ausente hoy sea la voluntad de depositar
trozos de vida en los buzones. Tal vez nos falte afirmar que sin el gesto de
escribir y repartir la cultura, no hay buzones. No se ve dónde puede estar el
mal en que el que enseña deposite cartas, haga plazos móviles, giros y
movimientos de cuentas.
Escribir cartas y dar direcciones. Remitir.
Estanislao Antelo (Licenciado y Profesor en Ciencias de la Educación (UNR); Master
en Educación (UNER) y Doctor en Humanidades y Artes (UNR)).
El escritor da a leer palabras en el mismo movimiento en que la abandona
a una deriva en la que ni él ni sus intenciones estarán presentes y que él,
desde luego, no podrá nunca controlar.
Jorge Larrosa (licenciado en Pedagogía y Filosofía, doctor en Pedagogía, y
catedrático de Filosofía de la
Educación en la Universidad de Barcelona)
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